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Publicado el 20 de mayo de 2017

«ARMADOS» DE PÉSIMA EDUCACIÓN: GUACHES

Por: Jairo Cala Otero
Periodista autónomo - Conferencista - Cultor del español
elbuencastellano@gmail.com

El vocablo inglés watchman, que traduce ‘sereno, vigilante u hombre que cuida’, ha degenerado en la palabra hispanizada «guachimán». Ese fenómeno sucedió por una mala pronunciación de aquel término extranjero entre los hispanohablantes.

De tal tenor fue la degradación lingüística del vocablo original, que quedó una raíz, que, acomodándola a la conducta que asumen algunos de los vigilantes colombianos, permite asociar su significado con esas conductas aviesas: guachi. Es decir, algo así como guache. La tercera sílaba (man, del inglés), como se sabe, traduce hombre. Luego podemos hacer una traducción doméstica del castellanizado vocablo «guachimán»: hombre guache. ¡Ni encargado para la realidad!

Veamos algunas razones:

Usted, con ánimo de ser cortés y amable, saluda a los guardas del conjunto residencial en donde vive, cada vez que los ve, o cuando ellos se atraviesan en su camino. Pero ellos, como momias de cementerio, no abren la boca ni para decir «esta boca es mía, ¡y qué!». La grosería cunde en muchos de ellos. (Excepcionalmente, algunos contestan; aunque sea entre dientes).

En un centro comercial, cuando usted está haciendo alguna diligencia, y no sabe dónde conseguir algún producto o un servicio, acude al vigilante. ¡Es el más vistoso y a la mano! Él, sin responder el saludo que usted le dirigió, le dice que no sabe (a pesar de que pasa 8 horas metido en ese lugar), o lo manda para otra parte. Un hombre amable se tomaría el cuidado no solamente de indicar el sitio, sino que acompañaría al ciudadano hasta allí; al fin de cuentas son apenas unos pasos, está dentro del mismo centro comercial.

Existe también el vigilante guerrero. Es ese que desayuna diariamente con caldo de alacranes, huevos de avispas y café de cicuta; su mirada produce miedo, no dan ganas ni de saludarlo ni de pedirle favor alguno. ¡Aleja con la furia de sus ojos a cualquier mortal! Su voz la conocen, quizás, solamente en su casa. Uno no se explica cómo carajos contratan ese tipo de espécimen humano: inútil y contrario a los mínimos parámetros de cortesía y civilidad.

Cuando alguien en plan de visita pregunta por usted en la portería de la urbanización, esa persona adquiere otro nombre u otro apellido; el vigilante está tan distraído que no escucha con atención. Por eso en vez de decir: «De parte de don Juan Martín», dice: «De parte de don Juan Martínez»; pero usted no conoce a ese señor Martínez, y por eso termina negándole, sin querer, la entrada a su amigo Juan Martín. Ni se hable de las tantas veces que, justo cuando está usted dormido, suena el estridente citófono; usted se levanta, adormilado, para responder. Entonces el «guachimán» le suelta una información que no es para usted; y en seguida cuelga bruscamente el auricular, sin siquiera disculparse por su error. ¡Adiós sueño, inútil fue su levantada!

No tengo información sobre cómo seleccionan a las personas que aspiran a ser vigilantes en las compañías de seguridad en Colombia. Pero es fácil deducir que se fijan en otros aspectos, menos en el más importante, el básico e imprescindible: ¡que esas personas hayan tenido entrenamiento psicológico y principios de urbanidad y educación elemental! Por su perfil, muy inclinado solo al uso del revólver que cuelga de sus cinturas, y al ceño adusto que inspira temor, un hombre tal terminará recibiendo el desagradable título de «hombre guache» (traducción casera de watchman). ¡Lástima que así sea!

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CONTACTO:
JAIRO CALA OTERO
mundodepalabras@gmail.com
315 401 0290


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