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Publicado el 08 de diciembre de 2018

BELISARIO ESTUVO AHÍ

Por: Alfonso Suárez Arias
Docente universitario
Valledupar
@SUAREZALFONSO
alfonsosuarezarias@gmail.com

        
“El día más feliz de mi vida, cuando me posesioné en la presidencia y el otro día más feliz: cuando dejé la presidencia”

¡Qué tristeza! recordar en este interludio, cuando el presidente juraba y afirmaba desde el solio de Bolívar, ante lisonjeros ciudadanos que: “no se derramará ni una sola gota de sangre durante mi gobierno”. Premisa henchida de falsedad casi hasta el perjurio del poeta, porque no fueron gotas, corrieron ríos, desde el sanguinario y brutal “asalto guerrillero del palacio de justicia” en el país recién conocido, como el exclusivo lugar donde las realidades parecen fantasías, el macondiano mundo de Gabo, feraz época de rebeldía sin causa, envilecida por unos desalmados inconformes, que se tildaron de “combatientes”, cobijados en el mote iniciado con la letra M de “mierda” repetida 19 veces, como si fuese la marca de un nuevo laxante expulsador de parásitos y que se aprovecharon de usufructuar del hijo mal parido del narcotráfico mundial y principal matasiete de la sociedad, corruptivo depravado de emergentes generaciones, imbuyéndolas en las más tétricas acciones sicariales y en el vicio de la drogadicción y el dinero fácil, conseguido a montones por ser “traqueto”, amedrentar a la sociedad y llevar el polvillo maldito, al drogadicto.

¡Cuánto daño se causó a la sociedad!, desde aquel pétreo día de desenfreno y alarde de poder, que en solo cuarenta y ocho horas de confusión, cobró a los ciudadanos un precio muy alto, sin que hubiese proclamación de vencedores, ni claridad sobre el objetivo de los facciosos, pero sí una maniobra desproporcionada de las fuerzas militares, en antagonismo con las timoratas prescripciones de un acobardado presidente, que quería apaciguar en verso, el holocausto de la justicia, sacrificando a sus magistrados e ignorando la debida actuación del poder del Estado. ¿Cómo entender, ahora la cruenta ocupación y pretender olvidar?  La herida se mantiene abierta y aun no cicatriza ni con el tránsito a la muerte de un protagonista. ¿Qué fue realmente lo que pasó? Los guerrilleros pretendían subyugar a la autoridad y de paso ensayar a enjuiciar el ejercicio del “presidente poeta”, sacrificando civiles, magistrados, empleados y ciudadanos que acudían al palacio en alguna diligencia de su incumbencia.

Belisario Betancur jefe de las Fuerzas militares y presidente de la nación, se negó a escuchar al primer magistrado de la Corte, alegando que el suplicante era un rehén, “y un poeta no habla con galeotes”, asumiendo ser un simple espectador, cuya indiferencia le condenó a la muerte. Quemaron el “Palacio”, con los rehenes adentro, para achicharrar los archivos donde permanecían los documentos que expiaban a Pablo Escobar a la extradición. El resultado: 98 muertos y 11 personas desaparecidas, eran los jurisconsultos, los trabajadores de la cafetería, varios visitantes y algunos guerrilleros que no escaparon del holocausto y la confusión propiciada por ellos mismos.

Y no se había puesto aún al corriente a la nación entera, cuando la naturaleza se ensañó en contra de los mismos mortales, indiferentemente de justos o inmorales, jóvenes o viejos, varones o hembras e hizo que la percepción y daño causado por la carnicera “ocupación”, pasara a segundo plano , como en clandestina alcahuetería con aquella noche del trece de Noviembre de 1985, en que la avalancha sepultó por entero a un pueblo, llevándose a más de veintiséis mil vidas y a otro tanto de damnificados, por la emisión mortífera del níveo volcán del Ruiz. Sin embargo, no quedó experiencia práctica alguna, más que… “nadie sabe cómo actuar ante éstas catástrofes”, apilados con mucha algarabía para rescatar a las “víctimas”, pero dejando que cada día se construyan más escenarios, para que haya más “catástrofes”.

¡Cuántas almas vagaban en el enrarecido éter! Todas, sin esperanza y a rajatabla desubicadas, melancólicas y agobiabas, como el espíritu de Omaira, la niña de once años que agonizó atrapada, por muchos días, entre rocas y ladrillos, a pesar de sus mensajes de fe y esperanza, o aquel espectro intranquilo del “Moncho Rodríguez”, patrullando sin descanso, creyendo que habría salvación si a tiempo le escucharan como alcalde, pero solo imploraba por la precipitada evacuación, motivo de burla del gobernador del Tolima, Eduardo García Alzate, que consideró una letanía para hacerle perder el tiempo y el partido de billar, allá en la capital departamental. Las consecuencias del desastre natural trascendieron a la política, por la actitud indiferente e inconsciente de los ministros de la época, del gobernante regional y de la misma presidencia, quienes nunca escucharon el rechinar de una centena de trenes juntos, y la detonación simultánea de otras cien turbinas de avión, sobre la población de Armero, por tener tapados los oídos, ante la contundencia de los datos científicos e históricos proporcionados para tomar decisiones.

Ahora el poeta, repasará lo vivido sobre el lodo pestífero de azufre y cadáver, tal como observaba a los “valancheros”, escarbando y arrancando de los muertos sus relojes, cadenas, anillos o cualquier cosa de valor, hasta las muelas de oro (en esa época se calzaban o reponían los dientes, con el metal precioso), profanando el mismo recién declarado camposanto y tal vez, el más grande del mundo.

El volcán continuará sus esporádicas explosiones y los poetas perdurarán si sus versos emergieron de sus acciones, exponiendo a la pausada palpitación del planeta tierra, que se copiará metódicamente en el tiempo y en su fugaz y necia existencia.

Solo faltan unos años y se repetirá lo que cada cien debe pasar.


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